jueves, 3 de noviembre de 2011

PETER GABRIEL Y LOS MUROS DE SONIDO.






En la historia del rock, ha habido músicos con las más variadas habilidades, hay exelentes melodistas: Paul Mc. Cartney, Cat Stevens, Elton John, Stevie Wonder, son algunos ejemplos destacados; hay también maestros de la armonía: Ian Anderson, Donovan, Brian Wilson o el grupo The Incredible String Band; están también los amos del ritmo: Sylvester Stewart, el famoso Sly, como jefe supremo y todos los grandes del soul y el funky.

Estos elementos junto con las grandes voces y los instrumentistas virtuosos, fueron, durante un tiempo, los componentes del rock, hasta que apareció el sound, esa atmósfera que cubre una canción, un álbum o la producción completa de un artista.

Se dice que el inventor del sound o muro de sonido fue Phil Spector, el músico y productor que creó El sonido Motown, que era el sello inconfundible de todas las producciones de esta compañía y en esto consiste también el sound, en un sello característico e inconfundible.

Regularmente, esta aportación la hacen los productores, esos sujetos encargados de revestir las canciones, más o menos terminadas o incluso, ya completas a juicio del compositor, en ocasiones sugieren arreglos y proponen ideas para redondear la canción, pero en la mayoría de los casos, crean el sonido del disco, esa idea general y a menudo muy vaga que los artistas les presentan y que ellos concretan.

Pero curiosamente, el maestro de los ambientes y las atmósferas, no es un productor, sino uno de los músicos más importantes del siglo pasado, no sólo en el ámbito del rock, sino de la música en general.

Así es, señoras y señores, estoy hablando de Peter Gabriel, quien rompió con todos los conceptos que anteriormente existían al respecto, desde sus tiempos en Genesis, el grupo que lo hizo famoso y en donde empezó a experimentar como creador de atmósferas, hasta su obra como solista, en la que llevó este don a niveles de excelencia.

Los discos de Genesis son siempre extraños cuando se les escucha por primera vez, dan la sensación de lo nunca antes escuchado pero nunca suenan a los experimentos radicales que proponen una estética totalmente anticonvencional, y me parece que esto es más difícil, pues cuando rompes con la convención, empiezas de cero y creas tus propias reglas, actúas con entera libertad y no rindes cuentas a nadie, pero si estás dispuesto a seguir las reglas establecidas y crear algo muy novedoso, estás ante un verdadero reto: armonizar dos procesos que parecen irreconciliables.

En esos tiempos, Gabriel conjuntaba con gran maestría elementos muy variados que sacaba de toda su cultura musical y de la cultura musical de todo el Occidente y en esto consistía su ruptura de las reglas, pero sin romperlas, en utilizar otros conceptos de la rítmica, y la armonía, incorporando instrumentos con timbres poco usuales.

Ya de solista, esa habilidad incipiente, estalló en toda su creatividad y se convirtió, a juicio de este redactor en el creador insuperable de ambientes, siempre variados y ricos, casi nunca repetidos y transmisores de emociones e imágenes alucinantes.

Pero como todo maestro, Gabriel tiene también su obra maestra, y esa es su tercer disco como solista, un disco de ambientes desbocados e imaginativos, llenos de referencias a la música de todo el mundo, pero sobre todo fascinantes, pues cuando lo estás escuchando, no lo puedes creer, te inquieta y te relaja; te produce placer e incomodidad; te lleva a mundos mágicos, o de plano te molesta, pero no te puede ser indiferente.

Este disco es para mí, una obra maestra de toda la historia, aunque curiosamente, nunca la he visto incluida en las encuestas que a menudo se publican sobre los discos más importantes, las obras maestras o los discos más imfluyentes del rock.


Moribund the burgermeister.



No hay comentarios:

Publicar un comentario